sábado, 7 de diciembre de 2013

PRÓLOGO

Noche fresca de verano. Mediados de Agosto. Un coche aparcado en la acera de siempre, con las vistas de siempre, pero, a la vez, con todo cambiado. Dentro, una pareja o, al menos, eso parece, aunque bien se sabe que las apariencias engañan. Ella llora. Él no sabe qué decir. La observa, apenado, pero con la decisión tomada; o tal vez no, pero su corazón está tan confuso que no tiene ni idea de cómo continuar. Ella no le mira, sus ojos perdidos están posados en algún punto del exterior de la ventana, empañados por las lágrimas. Sabe que es el final. Y lo sabe no tanto por la firmeza inexistente de él, sino por el motivo. Hay otra mujer. Otra mujer que ha logrado tambalear los cimientos que tanto esfuerzo, amor y dolor le ha costado construir en apenas unos días. Él no lo admite abiertamente pero ella ya lo sabe. Se irá corriendo entre sus brazos tan pronto como le libere de la carga de su compañía. Sus palabras le suenan extrañas y ajenas: “nunca encontraré a nadie como tú”, “no soy el hombre de tu vida”, “vas a rehacer tu vida mucho antes que yo”, “sé que mi futuro es estar solo”… ¿Cómo creerle? Es él quien la deja abandonada en mitad de la nada, es él quien está decidiendo qué hacer con la pareja que habían formado durante tantos años, es él quien está tirándolo todo por la borda. Y no, no lo hace para estar solo, eso está claro, ni porque tenga la certeza de que no encontrará a nadie mejor que ella. Si fuera así, ¿para qué abandonarla? Él dice que no es feliz, que no sabe si la ama. Ella sabe bien la respuesta, porque cuando uno se hace esas preguntas no hace falta decir nada. No, no es feliz, aunque lo fuera hace apenas una semana; y no, ya no la ama, aunque ese sentimiento existía también apenas unos días atrás.

Ella le mira una última vez. Intenta tocarle pero él se aleja. Ella se rinde. “Vete.” Le dice. “Ya has tomado tu decisión, vete.” Él parece resistirse, aunque ella no lo entiende, ¿quién está dejando a quién? Al final, él abre la puerta y se marcha casi sin mirar atrás. Instantes más tarde, arranca el motor de su coche y baja por la misma calle que él ha caminado segundos antes. Apenas ve la carretera, anegados sus ojos por el llanto, pero tampoco le importa demasiado. Solo siente dolor, un dolor profundo y oscuro que sabe tardará mucho, mucho tiempo en desaparecer.


El tiempo a solas…

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